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“En CARMEN HERMO, una incierta atalaya de nuestro siglo, la muda lechuza, animal emblemático de las figuraciones bosquianas, sigue acechándonos con sus grandes ojos negros de calavera. A través de esta obra, como la siniestra ave de Saturno, siguen redescubriéndose las atmósferas de sus universos imaginarios…”

“Maestra de la fabricación de imágenes, parece saber que en este mundo todo son imágenes, apariencias, y que ninguna es más verdadera que otra. Y si se detiene con fruicción en las más feas y espantosas, es porque sabe que lo feo y horrible dinamiza o sobreactiva la imaginación mejor que lo bello, prestándose mejor al juego de la alusión; pero es el monstruo bello, la molécula reaccionaria, instintiva e estimuladora para la creación de lo bello –si lo bello se debe crear, el monstruo nos estimulará para tal consecución…”

“En cierto sentido puede decirse que CARMEN HERMO, al igual que El Bosco, lleva sus concepciones sobre el mundo y el hombre hasta sus últimas consecuencias, adentrándose en las profundidades insondables de la naturaleza humana, en el misterio inescrutable de la culpabilidad y la pena. Nuestra pintora ha visto las interioridades del alma imaginándolas cual gruta o cueva que horada un universo mineral, el mundo mineralizado de Saturno donde sobresalen las formas lacerantes y frías, esas puntas hostiles con remembranzas de muerte: tal el espejo acerado en el que se reflejan las formas turgentes de la existencia, esos nidos de intimidad en los que bulle una intensa vida vegetal y animal. Y en medio de este jardín laberíntico y grotesco, la habitual atalaya en la que se posa la mirada nocturna de la lechuza: el árbol hueco que destaca sobre la floresta lúbrica, provocadoramente viva, como si la lozanía natural de estas plantas no fuera posible sin las heridas letales de las que dan testimonio las llagas incurables del Hombre-árbol.”

Marta Gerveno, Milán (2001)

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